viernes, 18 de diciembre de 2009

Vida plena.

La crisis de los 40. Así se le llama a un periodo de duda, pesimismo e incertidumbre que atraviesan algunos en la mitad de su vida, usualmente al alcanzar los 40 pirulos. Rogelio también atravesó esta crisis, pero a los 20 años.

Pudo ser por impaciencia, o inconcientemente sabía que su expectativa de vida no era buena si seguía alimentadose exclusivamente de Jorgitos y duraznos en almíbar, pero el hecho es que antes de su vigésimo cumpleaños sintió con desazón que había desperdiciado dos décadas.

Ser un adelantado conllevó sus complicaciones. Las soluciones estándar estaban fuera de su alcance. No tenía plata para un convertible, ni un trabajo que dejar, ni una esposa que engañar.

Decidió entonces organizarse, escribir en una lista sus proyectos de vida y cumplirlos. A la lista la llamó "Lista de cosas que tengo que hacer para que mi vida no sea en vano", demostrando nuevamente su falta de capacidad para nombrar cosas como puede atestiguar su perro "Canino mascota de raza inconclusa que responde al nombre Fido".

La lista empezó con los mismos proyectos fundamentales que tiene cualquier hombre:

  1. Tener un hijo.
  2. Plantar un árbol.
  3. Escribir un libro.
  4. Poner un huevo.

Para tener un hijo necesitaba primero conquistar una mujer, lo cual resultaba tan improbable que decidió descartar la idea.

Si plantaba un árbol se le derrumbaba el balcón.

El libro fue escrito. Pero su autobiografía vendió una sola copia a su madre, quien la acusó de predecible.

Poner un huevo también parecía difícil, aunque mucho mas probable que conquistar a una mujer.

La lista fue completada por otros ítems, pero al escribir el décimo (ganar un mundial) tuvo que admitir que cada proyecto lo alejaba mas del objetivo de sentirse realizado.

Frente a este oscuro panorama, cayó en un pozo depresivo. Es decir que estando depresivo, cayó en un pozo, probablemente porque el panorama estaba oscuro. Pero no dejó que esto lo detuviera, Rogelio era un hombre perseverante, y no descansaría hasta encontrar una forma de sentir que no vivía en vano.

El esfuerzo tuvo sus recompensas. Fue una noche en el bar, noche como cualquier otra, cuando entre conversaciones confusas y cervezas Rogelio tuvo su revelación.

Recuerdo estar discutiendo sobre la naturaleza de la sustancia liquida que rodeaba al maní en el momento que nos habló:

-Amigos, desde que el mundo es mundo el hombre busca una sola cosa, trascender, ser recordado, que su imagen perdure mas allá de su tiempo. Sé que esto es lo que yo buscaba, solo que hasta ahora no encontraba la forma... Y eso que rodea al maní es orina, el baño estaba ocupado.

Más tarde me confesó su plan. Reconociendo que hacer algo que conmocione al mundo es demasiado difícil, opto por impresionar a los más impresionables, los niños. Opinaba que si un chico experimentaba algo realmente fuerte, nunca lo podría olvidar. Así pues, bastaba con hacerlo con todos los niños que pudiera, para que se acordaran de él para siempre.

El conejillo de indias fue mi hermano. Esperó a que salga del colegio y cuando estaba solo lo agarró de la cara, y embadurnado en grasa de bacalao para el olor (Rogelio quería que fuese una experiencia multisensorial), con cara de Jack Nicholson en El Resplandor, le susurro al oído "Mirame a la cara, no te olvides nunca mas de mi, o te arranco la piel con un pela papas...", luego lo soltó y empezó a gritar desaforadamente hasta que mi hermano ya estaba a 4 cuadras.

Pasado un mes mi hermano seguía haciéndose pis y murmurando "bacalao, bacalao" mientras dormía, por lo que dimos el experimento por exitoso.

Satisfecho, Rogelio repitió el proceso rutinariamente. Comenzó en los ratos libres, luego dejó el trabajo para tener más tiempo y finalmente abandonó su casa y se mudo a un callejón, dedicándose enteramente a dejar su huella en la memoria de la infancia. Cada cierto tiempo se muda de barrio, en parte por razones policiales, pero también para que su leyenda siga creciendo por todo el territorio.

Pocos lo seguimos conociendo como Rogelio. Hoy en día tiene distintos nombres en distintos barrios, como "el loco gritón" o "el hombre bacalao", pero todos coinciden en llamarlo pobre tipo, insisten en confundirlo con un simple vagabundo que se rindió a la vida. Poco saben ellos.

Doy fe que hoy en día Rogelio es más feliz que nunca. Vive tranquilamente con "Canino mascota de raza inconclusa que responde al nombre Fido”, haciendo lo que quiere. A veces pasa frió, pero es un precio bajo por cumplir el sueño de su vida.

Entre tanta mudanza de barrio, vamos perdiendo su huella. Pero de tanto en tanto se sigue apareciendo en las noches en el bar, siempre con una sonrisa en la cara. En especial la última vez, que nos anunció que encontró la forma de poner un huevo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Matar o morir.

La soledad no es buena. Y menos en la guerra. Ésta es la tercer noche que permanezco en vela. Quizás no pueda dormir por los nervios, tal vez sea ésta llovizna constante que golpea mis hombros como pidiéndome que abandone. ¿Será el hambre? ¿El frío? ¿O será el hecho de que tarde o temprano tendré que cargar con una muerte sobre mis hombros? Mi primer muerto.

Sólo puedo escuchar el estruendo lejano de las bombas, difícilmente puedo oír a mi conciencia, que me pide que aborte la misión y vuelva a mi hogar, para estar junto con mi mujer y mis dos hijos. En ésta guerra sólo cuento con la compañía de mi fusil, ya no sé donde termina mi cuerpo y comienza el FAL. Y eso me perturba. Me perturba el hecho de no saber cómo reaccionar en el momento adecuado. No creo estar apto para poder disparar. Para aceptar las consecuencias. Temo perder el control sobre mi mismo. No quiero morir; no aún. ¡Tengo tanto por qué vivir!

A lo lejos logro visualizar mi objetivo, por fin lo veo, debe estar a unos 300 metros míos. Se mueve sigilosamente entre los árboles. Pareciera que sabe de mi misión: matarlo, dejarlo tendido en el medio de la nada. Olvidado, anónimo. Puedo seguirlo lentamente con la mira. Ya no estoy nervioso, ya no siento la llovizna que se estampa contra mi casco. No escucho ni siento nada. El silencio y la atención son tales, que puedo sentir los latidos de mi corazón. Todos mis sentidos están perfectamente orientados hacia mi objetivo.

Respiro profundo, me encomiendo a Dios y aprieto el gatillo. Un sólo disparo es suficiente para volarle la tapa de los sesos. Vuelvo a respirar profundamente y caigo tendido al pasto, me saco el casco y me atrevo a sentir la lluvia sobre mi rostro. A decir verdad no me siento liberado; estoy perturbado, siento un nudo en la garganta. Una angustia en pecho. Ahora lo sé, es culpa. La culpa por decidir sobre la vida de otra persona.

Hoy se cumplen tres días desde que lo maté. No sé su nombre, ni su historia. ¿Podré encontrar sosiego? Sigo sin dormir y sin comer. Las bombas no cesan de caer. El frío y el hambre no me dejan pensar con claridad. ¡Estoy tan solo! Necesito hablar con alguien. Nunca estuve acostumbrado a la soledad. Le rezo a Dios para que esto se acabe. Necesito que se termine; pero al contrario: La guerra acaba de comenzar.

La desesperación crece, no encuentro paz. Sólo puedo pensar en el suicidio, siento como aquél soldado reclama por mí vida. A veces lo veo frente a mí, ensangrentado, mirándome fijo a los ojos, como dándome coraje para terminar con ésta tortura, como alcanzándome las balas para acabar con mi vida.

Es una noche perfecta, ya no llueve y la luna está sobre mí. Tengo el fusil cargado, mi uniforme está limpio. Mi conciencia manchada. Pienso en mi familia, le pido a Dios y la Virgen por ellos, pienso en todo lo que dí por mi patria y ruego misericordia. Miro al cielo, puedo ver las estrellas. Cierro los ojos, aprieto el gatillo y...

Se terminó el juego, me quedé sin tiempo en el cyber. Voy a tener que volver mañana a seguir jugando al Call Of Duty. Vuelvo a casa pensando en todos los héroes de guerra, olvidados, anónimos, humillados, bastardeados. Que jodida es la guerra.