domingo, 22 de noviembre de 2009

De aquella vez en que casi fui adulto.

Corría el año 1995. Y la verdad es que corría bastante rápido, porque casi sin darnos cuenta ya había llegado la Navidad, de nuevo... y para verguenza de las costumbres de mi abuela, todavía en casa no habíamos armado el arbolito y a Melchor le faltaba la cabeza (En realidad todavía le falta).
Quien les escribe tenía 7 años. Una edad apropiada para creer en Papa Noel y en el amor. Además, cuenta su biógrafo personal, le faltaban pocas figuritas para llenar el album de Dragon Ball Z, hecho que definía si uno iba a ser popular en el cole o si lo iban a humillar por el resto de su vida.
¿Qué me regalarán? ¿vendrá Papa Noel de nuevo este año? ¿Por qué carajo no nieva acá? Esto se preguntaba un niño de siete años, cuyas habilidades, simplemente, eran decir el abecedario con eructos y tener en el diccionario, subrayadas, las palabras más zarpadas, como "pene" y "seno", (creo que no conocíamos más que ésas). Pero no importaba, en 2º grado eso bastaba para ser respetado y liderar el grupo de amigos. Si en ese momento hubiese tenido, además, la respuesta a por qué los Picapiedras festejaban la Navidad antes de Cristo, hoy en día habría una estatua mía en el patio, junto a la de Sarmiento.
Ese 24 de Diciembre no era diferente a los demás, me porté mejor que nunca, hasta ayudé a una viejita a cruzar la calle, aunque ella no quería. ¡Mirá si Papa Noel me estaba viendo! Los rumores de primaria indicaban que él nos podía ver desde el cielo y que estaba en todas partes. Era como Dios pero con barba, aunque pensándolo bien Dios también tiene barba, creo que solamente se distinguían en que Papa Noel tenía renos geneticamente modificados, que lo transportaban por los cielos mientras repartía regalos.
Entonces llego a casa, me baño, me peino, me doy cuenta que tengo un pelo horrible, lloro unos minutos y me lavo los dientes. ¡Estaba hecho una pinturita! A los siete años me había vuelto un poco más observador y sagáz, y al margen de que tenía las zapatillas al revés, me había percatado de la ausencia de mi progenitor, y no estoy hablando del lechero, no ésta vez...
¿Dónde está papá? Le preguntaba el hijo a su madre, pero no había respuesta alguna, sólo me daban más vitel toné y sidra, cosa que funcionaba bastante bien, porque al instante nomás, dejaba de preguntar y quedaba satisfecho. (Al margen de esto, quiero agradecerle a mi bisabuela Dora por sus vitel toné hechos con tanto amor, y por sus 95 años de gloria sobre la tierra. ¡Vieja divina, qué esperás para revelar la receta!).
Ya eran las doce y la familia estaba ansiosa y expectante, la complicidad de mis primos mayores se planeaba durante semanas y llevaba horas de ensayo, aún Javiercito no sabía la verdad, apenas si sospechaba que la sidra no tenía alcohol, pero escondían algo mucho más profundo, algo que hacía a la esencia e identidad de mi infancia, tan perturbada por Ranma 1/2.
De pronto ¡Flash!, veo una silueta vestida de rojo, con una larga barba que se dejaba caer sobre su mentón y el cierre del pantalón semi abierto. Pese a mis prejuicios lo supe comprender porque seguramente Papa Noel era un tipo ocupado y sobre todo despistado. Lo que me dejó boquiabierto fue que Papa Noel tenía los mismos anteojos que mi padre, y sobre todo, que le dió un beso apasionado a mamita en frente de todos.
Ahí nomás tome carrera y le dí una fuerte patada en las bolas. Papa Noel cayó al piso y mientras se retorcía en suelo, mis tíos se levantaron rapidamente a socorrerlo. Recuerdo que mi abuela vino "corriendo" hacia mi y me agarró por la espalda, (sólo me regaño por no haber armado el arbolito).
¡Vos no sos Papa Noel! gritaba la víctima, totalmente desaforada mientras el extraño se iba sacando el disfráz. Hasta que no se terminó de sacar la barba no me di cuenta que le había pateado las pelotas a mi padre, aunque en el fondo lo sospechaba. En ese momento no había vitel toné que me consuele, tenía un nudo en la garganta, parecido al que uno siente cuando va entusiasmado a comprar los útiles para el colegio y vuelve con la cartuchera de Garfield, sólo porque está en oferta.
Pasaron unos minutos, en silencio... se acerca mi Papa (Noel) y me dice... "hijo, es hora de que sepas la verdad..." Abro los ojos así (O_O), creo que fue el momento más importante de mi vida, mi padre continúa diciendo con voz triste y con dolor (yo creo que por la ingle) "Papa Noel este año no pudo venir porque se enfermo Rudolph, el reno de la nariz roja"
Sí, tienen razón, no fue una buena mentira. Y yo, que a los 7 años ya me había transformado en un hombre completo, entendí lo que pasaba... no me lo había contado ni el gordo garca del curso, ni el corta mambo del profesor de gimnasia; lo había vivido intensamente en carne propia, era protagonista de la escena y mi papel era el de víctima. Papa Noel no existía. Sin embargo atiné a contestar: "¡Que reno hijo de puta!, ¡Justo ahora!"
Preferí seguir siendo niño unas horas más y ser cómplice de mis primos, abrir los regalos y pasarla bien con mi familia. No podía arruinar la Navidad.
No hasta cumplir doce años y quemar la alfombra del living con un chasquibúm.
Javi Aguilar

7 comentarios:

  1. el vitel tone siempre consuela, que mala suerte que en ese momento tan dificil ya no quedara nada

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  2. Gracias! una historia fresca que arranca sonrisas y recuerdos :)
    Cecilia Nadaszkiewicz

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  3. muy bueno te lei en oblogo y te califique excelente muy buena tu narrativa
    http://blogs.clarin.com/tomas-buendia/pots

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  4. genial el cuento, debes ser muy sexi

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